Esta
noche, volviendo del teatro
con
la propia emoción por compañera,
he
creído sentir por un instante
tu
silueta escoltando mi silueta;
la
enérgica ternura de tu mano
amparando
la mía más pequeña,
tu
paso, más rotundo que mi paso,
y
tu voz, respondiendo a mi vehemencia…
Sé
que en algún lugar desconocido,
ignoto
compañero, tú me esperas
con
la sinceridad a flor de labios
y
el corazón clamando de impaciencia.
Que,
en tanto advierto yo frente al espejo
la
abatida expresión que éste refleja,
tú
de escrutar no dejas los semblantes
femeninos
que de paso contemplas,
buscando
entre los unos y los otros
ése
en que tal vez me reconocieras
y
que a veces, un gesto, una mirada,
te
instan a preguntarte: “¿Será ella?”
Pero
yo sigo aquí, todas las horas
del
día dedicada a mis tareas,
siendo
trabajadora y siendo madre,
alargando
el dinero que no llega,
lamentando
jornada tras jornada
el
régimen de afanes y carencias
en
que, ya no recuerdo desde cuándo,
se
desarrollan nuestras existencias.
Me
muevo en busca del papel en blanco
igual
que el reo en pos de la promesa
de
indulto, o el anhelo del náufrago
exhausto
que divisa una ribera…
Y
escribo lentamente, respetando
concisión,
armonía y otras reglas
que
someten un rayo de esperanza
al
cadencioso ritmo del poema;
anhelando
escuchar en el silencio
tan
sobrecogedor que me rodea
un
estímulo apenas perceptible
que
me ayude a seguir como respuesta.
Mas
persiste el silencio, despiadado
o
indiferente, cuando estoy despierta,
y
grato en ese tiempo destinado
al
reposo con el que se me premia.
Sólo
durante el mismo alguna noche,
en
medio de un inquieto duerme-vela
he
percibido un hálito de vida
invadiendo
mi alcoba a su manera,
con
esa tenue voz de enamorado
que,
tras una ardua búsqueda, me encuentra
a
través de telúricas distancias
y
me murmura tiernamente: “Sueña…”