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viernes, 26 de junio de 2026

Senectud

 


 

Me siento prisionera entre las estructuras

de esta vivienda urbana, de cuyos ventanales

me muestran a diario los diáfanos cristales

un exterior que animan polícromas figuras.

Se deslizan los días exentos de premuras,

en invierno y verano de sufrimiento iguales;

y avanza el deterioro por causas naturales

como una más de tantas humanas desventuras.

Hoy, cuando ya no importan plácemes ni censuras,

me acojo a cuanto apenas al nacer poseía:

Un ávido discurso ignorado en exceso

que hasta aquí me ha traído elucubrando a oscuras,

asistida tan solo por esta rebeldía

lírica y solitaria, sintiendo lo que es eso.

 

 

 

 

                                                                      

miércoles, 10 de junio de 2026

Sensación apocalíptica

 


 

La ciudad se adormece bajo un sol inclemente

que tiene las alarmas al uso disparadas

y bostezan las calles apenas transitadas

por seres que traspiran exageradamente.

 La población censada se divide en ausente,

cumplidora con cada cotidiana faena,

y quienes se semejan hallarse en cuarentena

en los propios hogares de enrarecido ambiente.

Un trote de caballos atraviesa mi mente;

de aquél que se detiene ante la fuente seca

sostiene la montura una figura enteca

y pálido semblante de un difunto aparente.

 Mi corazón palpita cuando un aire caliente

entra a la vez por todas las ventanas abiertas

y siento que el trascurso de tantas horas muertas

me ha convertido en una triste superviviente.

 

 

 

 

lunes, 8 de junio de 2026

Mil novecientos cuarenta

 


(Imaginando)

 

Veo una calle del Madrid diezmado

en el que tantos negros abanicos

agitados, más grandes y más chicos,

alivian un estío despiadado,

de las que, siendo estrecha y no muy larga,

entre sí el vecindario se conoce;

por la que a punto de sonar las doce

aceleran los carros con su carga.

Una moza se asoma a la ventana

justo al paso de un joven carretero,

se cruzan sus miradas y, ligero,

él se aleja tal vez hasta mañana.

 

Las cocinas exhalan los vapores

de sabrosos potajes sugerentes

y se agitan algunos mondadientes

entre papilas faltas de sabores.

 

La atraviesa un tullido. Tal encuentro

se produce en la puerta del colmado

de un hombre corpulento y atildado

con la muchacha que lloraba dentro.

 

Un niño quejumbroso, y el pañuelo

que luce la que ignora su protesta

—portando con esfuerzo una gran cesta—

constituyen la síntesis del duelo.

La mujer interrumpe el recorrido

un instante, privada del resuello

por el dogal pendiente de su cuello

en que el propio vivir se ha convertido.

Con sumisa actitud, les acompaña

un lebrel de marcados costillares,

nostálgico de rústicos  lugares

y un amo condenado por España.

 

La mencionada calle es adyacente

a otra cuyo trazado del tranvía

acaba conduciendo a una Gran Vía,

en que todo parece diferente.

Donde los toldos cubren las terrazas

de cafés que conservan su solera

y se camina como si no fuera

ése un Madrid preñado de amenazas.

 

 

 

 

 

 

domingo, 31 de mayo de 2026

Esta noche

 



Esta noche, volviendo del  teatro

con la propia emoción por compañera,

he creído sentir por un instante

tu silueta escoltando mi silueta;

la enérgica ternura de tu mano

amparando la mía más pequeña,

tu paso, más rotundo que mi paso,

y tu voz, respondiendo a mi vehemencia…

Sé que en algún lugar desconocido,

ignoto compañero, tú me esperas

con la sinceridad a flor de labios

y el corazón clamando de impaciencia.

 

Que, en tanto advierto yo frente al espejo

la abatida expresión que éste refleja,

tú de escrutar no dejas los semblantes

femeninos que de paso contemplas,

buscando entre los unos y los otros

ése en que tal vez me reconocieras

y que a veces, un gesto, una mirada,

te instan a preguntarte: “¿Será ella?”

 

Pero yo sigo aquí, todas las horas

del día dedicada a mis tareas,

siendo trabajadora y siendo madre,

alargando el dinero que no llega,

lamentando jornada tras jornada

el régimen de afanes y carencias

en que, ya no recuerdo desde cuándo,

se desarrollan nuestras existencias.

 

Me muevo en busca del papel en blanco

igual que el reo en pos de la promesa

de indulto, o el anhelo del náufrago

exhausto que divisa una ribera…

 

Y escribo lentamente, respetando

concisión, armonía y otras reglas

que someten un rayo de esperanza

al cadencioso ritmo del poema;

anhelando escuchar en el silencio

tan sobrecogedor que me rodea

un estímulo apenas perceptible

que me ayude a seguir como respuesta.

 

Mas persiste el silencio, despiadado

o indiferente, cuando estoy despierta,

y grato en ese tiempo destinado

al reposo con el que se me premia.

 

Sólo durante el mismo alguna noche,

en medio de un inquieto duerme-vela

he percibido un hálito de vida

invadiendo mi alcoba a su manera,

 

con esa tenue voz de enamorado

que, tras una ardua búsqueda, me encuentra

a través de telúricas distancias

y me murmura tiernamente: “Sueña…”

 

 

 

 

Crecer en la estación

   Mi vida comenzó en aquel rellano de la casa que daba a dos andenes, mirando así por uno y otro lado rodar sobre raíles a los tre...