No hay nada que perder, que lo perdimos
juntos en esa brega cotidiana
de cada noche, de cada mañana
y cada acontecer que compartimos.
A causa de las dudas que sentimos
aposentarse en nuestros corazones,
consintiendo que nuestras emociones
perdieran el calor de sus arrimos.
Atravesamos páramos, seguimos
sorteando barrancos y arenales,
en pos de la que fuera perspectiva
idílica de flores, de racimos
dorados y de mieles a raudales,
fruto de una ilusión dulce y furtiva.
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