Ayúdame a evadirme de la pena
que me busca, me acosa, me acuchilla;
líbrame de este yugo que me humilla
tan obstinadamente, que me ordena
doblar tan a menudo la rodilla
de eximia penitente y me condena
a toda libertad sentirme ajena
lastimando otra vez cada mejilla.
Déjame con mi mesa, con mi silla,
mi pluma y mi intuición por compañera;
con mi ventana abierta al universo
y el corazón vagando por la orilla
de esta marisma ardiente y placentera
en que toda emoción se torna verso.
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