(Imaginando)
Veo una calle del Madrid diezmado
en el que tantos negros abanicos
agitados, más grandes y más chicos,
alivian un estío despiadado,
de las que, siendo estrecha y no muy larga,
entre sí el vecindario se conoce;
por la que a punto de sonar las doce
aceleran los carros con su carga.
Una moza se asoma a la ventana
justo al paso de un joven carretero,
se cruzan sus miradas y, ligero,
él se aleja tal vez hasta mañana.
Las cocinas exhalan los vapores
de sabrosos potajes sugerentes
y se agitan algunos mondadientes
entre papilas faltas de sabores.
La atraviesa un tullido. Tal encuentro
se produce en la puerta del colmado
de un hombre corpulento y atildado
con la muchacha que lloraba dentro.
Un niño quejumbroso, y el pañuelo
que luce la que ignora su protesta
—portando con esfuerzo una gran cesta—
constituyen la síntesis del duelo.
La mujer interrumpe el recorrido
un instante, privada del resuello
por el dogal pendiente de su cuello
en que el propio vivir se ha convertido.
Con sumisa actitud, les acompaña
un lebrel de marcados costillares,
nostálgico de rústicos lugares
y un amo condenado por España.
La mencionada calle es adyacente
a otra cuyo trazado del tranvía
acaba conduciendo a una Gran Vía,
en que todo parece diferente.
Donde los toldos cubren las terrazas
de cafés que conservan su solera
y se camina como si no fuera
ése un Madrid preñado de amenazas.
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