lunes, 8 de junio de 2026

Mil novecientos cuarenta

 


(Imaginando)

 

Veo una calle del Madrid diezmado

en el que tantos negros abanicos

agitados, más grandes y más chicos,

alivian un estío despiadado,

de las que, siendo estrecha y no muy larga,

entre sí el vecindario se conoce;

por la que a punto de sonar las doce

aceleran los carros con su carga.

Una moza se asoma a la ventana

justo al paso de un joven carretero,

se cruzan sus miradas y, ligero,

él se aleja tal vez hasta mañana.

 

Las cocinas exhalan los vapores

de sabrosos potajes sugerentes

y se agitan algunos mondadientes

entre papilas faltas de sabores.

 

La atraviesa un tullido. Tal encuentro

se produce en la puerta del colmado

de un hombre corpulento y atildado

con la muchacha que lloraba dentro.

 

Un niño quejumbroso, y el pañuelo

que luce la que ignora su protesta

—portando con esfuerzo una gran cesta—

constituyen la síntesis del duelo.

La mujer interrumpe el recorrido

un instante, privada del resuello

por el dogal pendiente de su cuello

en que el propio vivir se ha convertido.

Con sumisa actitud, les acompaña

un lebrel de marcados costillares,

nostálgico de rústicos  lugares

y un amo condenado por España.

 

La mencionada calle es adyacente

a otra cuyo trazado del tranvía

acaba conduciendo a una Gran Vía,

en que todo parece diferente.

Donde los toldos cubren las terrazas

de cafés que conservan su solera

y se camina como si no fuera

ése un Madrid preñado de amenazas.

 

 

 

 

 

 

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