La ciudad se adormece bajo un sol inclemente
que tiene las alarmas al uso disparadas
y bostezan las calles apenas transitadas
por seres que traspiran exageradamente.
La población censada se divide en ausente,
cumplidora con cada cotidiana faena,
y quienes se semejan hallarse en cuarentena
en los propios hogares de enrarecido ambiente.
Un trote de caballos atraviesa mi mente;
de aquél que se detiene ante la fuente seca
sostiene la montura una figura enteca
y pálido semblante de un difunto aparente.
Mi corazón palpita cuando un aire caliente
entra a la vez por todas las ventanas abiertas
y siento que el trascurso de tantas horas muertas
me ha convertido en una triste superviviente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario