Bajo este sol de estío, tan ardiente,
inclino mi cabeza encanecida,
con algo de atalaya sometida
a la arbitrariedad del oponente.
Creo que es tarde ya para que intente
abandonar el área restringida
que destina del díscolo a medida
la misma sociedad tan propiamente.
Y presento batalla en este frente
huérfano de milicia y de bandera,
con el cínico arrojo del suicida
o la exasperación del impotente:
donde en el propio corazón quisiera
no sentir tanto el peso de mi vida.
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