Me consume el trascurso de esas horas vacías,
sin contenido alguno digno de hacer constar,
en que se descompensan todas las armonías,
en que nos acometen todas las apatías
y que van, a la postre, al olvido a parar.
Me apenan todos esos corazones perdidos
que divagan quién sabe esperando qué hallar
y el estremecimiento de los brazos tendidos,
como ramas de un árbol en que abundan los nidos
suplicando a la sierra que lo habrá de talar.
Me rebelo ante tantas inútiles porfías
que me desasosiegan sin poderlo evitar
durante el recorrido de las estanterías,
leyendo en los manuales de las filosofías
diversas cuanto escrito hay sobre el verbo amar.
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