Dilata, corazón, mis lagrimales
y, en el peor de mis atardeceres,
tú, que sabes de tantos padeceres,
deja que el llanto al fin corra a raudales.
¿Quién nos agrede? ¿Mandos especiales
trucados en siniestros mercaderes?,
¿líderes que manejan sus poderes
adquiridos cual látigos letales?
¡Qué crueldad, la suya! ¡Qué deberes
sus egos denominan estatales!
Son sólo espurios logros materiales
esos tributos y sus menesteres.
Que el número no importa de mortales
para dejar de serlo tantos seres.
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