Se trata de un espacio imponderable
embellecido por una gran fuente
en el centro, que arroja un ascendente
surtidor de murmullo inalterable.
Un mobiliario urbano venerable
y una flora vetusta y arbolada
alegran la glorieta frecuentada
por la diversidad más vulnerable.
Junto al anciano de boina calada,
un atezado rostro impenetrable
y una infancia en demanda de futuro
se unen en la pública morada
—a la vez transitoria y entrañable—
en que cada cual se siente seguro.
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