El tema es delicado, y lo acometo
a través del abrazo solidario
y el reconocimiento de un calvario
aspirante a martirio por decreto.
Aquél que martiriza es el sujeto
que se siente de pronto amenazado,
sin comprender que la que ha dominado
decida no sufrir más en secreto.
Ella ha sido y será siempre el objeto
más estimado entre sus posesiones
—por lo que no contempla la ruptura—
si bien, no acreedora del respeto
que ante la alteración de las pulsiones
lograra suscitar la autocensura.
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