También aquí me abruma la tristeza,
—lejos del mar y lejos de Vizcaya—
que donde permanezca o donde vaya
habré de hallar en mi naturaleza.
El dardo penetró con la agudeza
con que inocula el áspid su veneno,
como el rejón de muerte, que da en pleno
punto vital con ávida certeza.
Y yo ya no soy yo… No se endereza
la rectitud del árbol doblegada
por el fiero huracán o por el rayo.
Oculta la piedad de mi corteza
la entraña fatalmente taladrada
que no florecerá ya ningún mayo.
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