Me asiste el desconcierto de las horas tempranas,
cuando nuestras retinas adormecidas antes
confunden fantasías de molinos, gigantes
y arreboles con formas de imágenes paganas.
Es ese tiempo en el que detrás de unas ventanas
—a menudo, pupilas de límites frustrantes—
suenan despertadores, se despiden amantes
y comienzan a alzarse las primeras persianas.
En que las conjeturas invaden mis mañanas,
quizá sobre el afecto y los condicionantes
que a veces ejecutan prácticas delirantes
propias de inclinaciones atávicas o insanas.
Sobre las desmedidas ambiciones humanas,
las megalomanías de cuantos arrogantes
sujetos constituyen las castas dominantes
de gregarias legiones que desfilan sin ganas.
O la palabrería que nos llega en lejanas
sartas articuladas por nuestros gobernantes,
percibidas por unos potenciales votantes
poco más persuasivas que el croar de las ranas...
Nuestra naturaleza es selectiva, y vanas
las esperanzas de que unos genes mutantes
modifiquen los portes en los senos gestantes
de crías concebidas sumisas o tiranas.
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