Me atormenta una angustia —¿pasajera?—
una angustia otoñal típicamente,
una angustia delgada, transparente,
mas capaz de embargar mi vida entera.
La propia humanidad casi lacera
tan sátira opresión, casi deliro
intentando saber por qué respiro
y por qué he de sufrir de esta manera.
Destrozado el cristal de mi quimera,
luce a mis pies su brillo iridiscente
como el aura perdida de un difunto.
Y, como tantas veces, me pregunto
por qué es la vida tan intransigente
y la dicha tan rápida viajera.
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