Desde mi infancia existe el muro alzado
de la ávida pupila siempre enfrente,
mire ésta adonde mire, y el ardiente
deseo de advertirlo derribado.
Tortura mi garganta un atrofiado
cúmulo de silencio irreverente,
que pudo ser el grito más vehemente,
más colosal y más desesperado.
¡Qué celda tan exigua me han legado
los hombres y los tiempos! ¡Qué martirio
para mi condición itinerante!
¿Dónde hallar, dónde, el trópico anhelado?
Quizá en la vaguedad de mi delirio,
cósmica inmensidad alucinante.
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