El cielo se ha velado en un ensayo
de oscuridad nocturna e inminente;
un lejano esplendor iridiscente
se va desvaneciendo rayo a rayo.
Mi pensamiento advierte de soslayo
que es todo igual o apenas diferente
de lo vivido con el mar enfrente
junto a un admirador llamado Etayo.
Casi siento de nuevo ese desmayo
anímico que causa el consiguiente
dolor de la esperanza defraudada…
Ni es distinto este sol del de aquel mayo,
ni es otra la conducta de la ingente,
secular y trasunta mascarada.
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