Me siento igual verano tras verano:
más sensible, más triste, más sumisa,
más desesperanzada, más remisa
a estimular mis ímpetus en vano.
Ganándole al desmayo por la mano,
coartada por inquinas y secretos,
pretendiendo explorar los vericuetos
inaccesibles del sentir humano.
¡Inútil pretensión! Tan sólo advierto
la proliferación de la amargura
fruto del colectivo desencanto
y tanta permanencia en un desierto
tratando de guardar la compostura.
¿Por qué la vida nos defrauda tanto?
No hay comentarios:
Publicar un comentario