El paisaje que añoro todavía,
en algunos momentos me conmueve
hasta arrancarme el llanto cuando llueve
y recuerdo la forma en que lo hacía.
Aquella fina lluvia que sentía
humedecer mi piel como una leve
caricia de la mano que se atreve
—o que en aquel entonces se atrevía—
a suscitar la ingenua fantasía
tal vez con intención un tanto aleve.
A veces, en silencio percibía
ese paisaje como un sueño breve,
en tanto la razón me repetía:
“No permitas que el agua se te lleve…”
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