De soledades, ¡ay!, de soledades
sabemos todos tanto... Sus hechuras
son para cada cual las más seguras
y menos deseadas heredades.
Soledad en el campo, en las ciudades,
durante dilatadas singladuras,
en estancias monásticas y oscuras
y en el seno de grandes propiedades.
¿Quién al tesón de sus asiduidades
no ha opuesto resistencia? Nadie ignora
la ingrata sensación de su presencia
a lo largo de todas las edades,
causa por la que no poco se llora,
cuanto más tarde, con mayor frecuencia.